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Es indudable que el papel que las mujeres jugamos hoy día dentro de la sociedad es muy diferente al de antaño, gracias a que hemos trabajado por abrirnos espacios dentro de las actividades que estaban comúnmente designadas al género masculino, en la actualidad las mujeres desempeñamos roles en gran parte de las actividades desarrolladas en el país y el mundo, y hemos demostrado que poseemos la mismas capacidades que los hombres.
Sin embargo, a pesar de la lucha constante que hemos enfrentado para ser tomadas en cuenta como personas, sin distinción de sexo, todavía podemos ver que en muchos sectores de la sociedad, la participación del género femenino es mínima y en muchos de los casos, nula, sobre todo en aquellas cúpulas de poder que siguen conservando una postura machista y que consideran que las mujeres no tenemos la capacidad de asumir investiduras que conlleven la carga de importantes responsabilidades, debido en gran parte, al dominio, dicen, de nuestro lado emocional.
Un ejemplo claro de esta segregación, que todavía sufrimos, es el ámbito político, en donde nuestra participación sigue siendo limitada y las mujeres ocupan en su gran mayoría cargos menores; siendo pocas las que han podido escalar posiciones de mayor poder. En el congreso, a pesar de que la participación femenina ha sido legislada y los partidos políticos tienen la obligación de incorporar al menos a un 40% de mujeres en las candidaturas para ocupar una curul, la realidad es que esta ley es hábilmente librada mediante las denominadas “juanitas”, que no son más que las esposas, amigas o colaboradoras de aquellos hombres que en realidad están designados para ocupar el cargo. En el caso de las presidencias municipales a nivel nacional, el porcentaje de mujeres que ocupa este cargo no es mayor del 3%. Y para las gubernaturas el número se traduce en 2 mujeres que actualmente ostentan este puesto, Amalia García en Zacatecas e Ivonne Ortega en Yucatán, formando parte de un total de 6 mujeres que han ocupado este tipo de cargos desde 1979.
Podemos ver ejemplos de primeras mandatarias en países como Chile, Argentina, Alemania, Irlanda, Liberia, Finlandia, Filipinas, en donde los gobernados han tenido la experiencia de haber sido dirigidos por una mujer.
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A pesar de estos ejemplos, aún no se ha dado testimonio de que el “poder femenino” haya marcado una gran diferencia en las altas cúpulas políticas, tal vez porque su entorno sigue dominado por los hombres, ¿sería distinta la vida de un país si la mayoría de los gobernantes y servidores públicos fueran mujeres? Si en lugar de ver en el gabinete a dos mujeres únicamente, viéramos a dos hombres, si se hablara de los “juanitos” y no de las “juanitas”, si dominaran las “gobers preciosas” (que en muchos casos el termino dejaría de ser en sentido figurado), o si se escuchara en la mayoría de los municipios llego la señora presidenta, ¿sería posible entonces que viéramos un cambio de fondo?
Probablemente sí, debido a las diferencias inherentes entre mujeres y hombres, física, psicológica y emocionalmente hablando. Crecemos y nos desarrollamos de manera distinta; no pensamos igual, no sentimos igual, no reaccionamos igual y por lo tanto, definitivamente, no gobernaríamos igual.
Las mujeres seguramente nos preocuparíamos porque todos los niños de México tuvieran que comer, por tener los espacios públicos limpios y ordenados, por hacer rendir el erario público, por tener un sistema de salud eficiente, por construir más y mejores escuelas, por darles más atención a los niños, jóvenes y ancianos, por qué las ciudades se cubrieran de árboles y flores y tal vez, los problemas más serios que aquejan al orden público, los resolveríamos con una buena taza de café y una larga charla entre amigas.
En definitiva, al ver cómo la clase política de México, conformada en su mayoría por hombres, ha hecho trizas a nuestro país. Quizá, cambiar de género las decisiones en el ejercicio gubernamental, podría traer nuevas ideas y contribuir a una manera diferente de hacer las cosas.
O usted estimado lector ¿qué opina?
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